Prólogo

Hablar de uno mismo en la presentación de un libro ajeno no es precisamente un alarde de elegancia, pero en este caso es oportuno hacerlo. Precoz lector conocí el teatro a través de los muchos libros que había en casa, y de los muchos más (nunca fue negocio el libro teatral) que esperaban los aficionados en las estanterías de la librería de mi padre. En piezas clásicas y de repertorio fui aprendiendo sobre los textos dramáticos. No mucho después asistí por primera vez a una representación escénica. ¡Y sigo hablando de mí!, tres períodos como integrante del Directorio de Proteatro (Institución que otorga subsidios al teatro independiente) me permitieron acceder a cientos y cientos de obras de autores contemporáneos para su evaluación.

Ya bastante leído, y experimentado, llega a mis manos el teatro de Diego Kehrig que me llena de bienvenida sorpresa. De forma creativa y deliciosa lectura, sus obras rescatan la vieja –y no por vieja menos buena– modalidad de las añoradas didascalias. Esas acotaciones escénicas, que en cierto momento alcanzaron altos grados de desprestigio, cobran inusitada vida; no es casual que Kehrig sea autor de Didascalias del Teatro Caminito.

A pesar de semejante resurrección, de ninguna manera podría calificarse a los textos que reúne el volumen Nadie escapa a su biografía de teatro de otra época. Son obras descaradamente contemporáneas. El autor, dotado de instinto de esponja, sabe absorber los clichés, modismos y ¡taras! sociales para darlos vuelta como un guante y mostrarnos otra textura, otro dibujo, otro color… Su teatro es (a pesar de lo antipático de los sellos) ¡costumbrista! Su visión nunca es solemne, siempre jocosa. Nunca es censora, siempre burlona; con alguna dosis de oportuno y eficaz vitriolo.

Heredero de Bernard Shaw –en cuanto a las sabrosas didascalias–, lo es también del maldito y pionero Genet (y bien asumido que lo tiene) sobre todo en La muerte no se parece a nadie que define como “Fábula peronista a partir de Las Criadas de Jean Genet”. Pero los homenajes –algunos más crípticos que otros– incluyen en Negro corazón un ¡balcón! Hombre de cultura y gustos eclécticos, el autor maneja diversos códigos (¡que palabra bastardeada por la tele!) estéticos. en sus elecciones no hay prejuicio y sí funcionalidad: Xavier Cugat, Liz Taylor, Copi, Tristán Tzara, Pizarnik, ¡el espectro de Catita que se adueña de mujeres exaltadas! y un montón de surrealistas (más que vigentes en nuestra surrealista sociedad).

Kehrig estructura sus obras a la manera de patchwork. Es un artesano que va cosiendo retacitos coloridos –de gran valor estético en su individualidad– para integrarlos a un todo, en donde no solo armonizan, sino que conjugan. El resultado es una hermosa manta mágica que cobija, calienta, alegra… pero también inquieta (¿temor a la asfixia?).

Como director (¡vuelvo a hablar en primera persona!) imagino los maravillosos desafíos que se le presentarán al colega que quiera asumir la apasionante tarea de dar vida escénica a este material. Cada uno de los cuatro textos es disparador de conceptos visuales tan potentes como ilimitados, y a la vez urgidos de un tratamiento profundo para no dañar su ligereza. También de uno ligero para no herirlos en su espesor.

¡Ajústense los cinturones! a partir de este momento la invitación a subirse al Tren Fantasma de Kehrig está más que explícita. En el trayecto gozarán de excitante diversión con textos que van más allá de lo puramente teatral. En ellos el tan mentado “contenido” penetra con perfumada anestesia.

Kado Kostzer*

*Escritor y director de teatro argentino. Nacido en 1946. Sus obras han sido publicadas por las editoriales Actes-Sud Papiers y l’Avant-Scène en Francia y por Colihue, Corregidor y Del Jilguero en Argentina.
http://www.serkateatro.com.ar/